EL ESPÍA: “Un día paseando entre ilegales”

Matís Ortigosa es 'El Espía' de La Comunidad. Es él quien se encarga de desarrollar diferentes misiones a modo de cliente misterioso, sacando siempre a la luz interesantes realidades. La última investigación le llevó a caminar todo un día entre talleres clandestinos...

Matías Ortigosa: "La impunidad que encontré durante mi misión fue completamente lamentable".

El problema de los ilegales parece ya casi algo endémico en nuestro sector. Se asume prácticamente como algo perenne que no tiene solución, pero durante esta misión comprobé que no es así. Primero por lo fácil que es identificarles y segundo porque existen suficientes medios por parte de la Administración para hacerles frente. Y si no se hace habrá que analizar por qué. El caso es que sabiendo los datos globales (uno de cada cuatro talleres en España es clandestino), las opiniones de los propios reparadores al respecto (están ‘quemaditos’, como es normal) y lo que se ha hecho hasta ahora al respecto (poco, poquito, o al menos mal y poco eficazmente, que no sé qué es peor), esta misión no tendría como objetivo analizar el problema. Eso ya se sabe. La misión iría de visitarles, de caminar entre ellos, de saber qué se encuentra un usuario cuando aparece con su coche por uno de estos pseudonegocios. Y los resultados son increíbles, la imagen que se da del taller es grotesca y la impunidad vergonzosa.

Antes de comenzar con la misión, tratando de centrar el tiro, hablé con la patronal de talleres Conepa. Sabía que tenían algo así como una base de datos de talleres clandestinos ya localizados, lo cual me serviría para ir a tiro hecho. Las ciudades madrileñas de Leganés y Alcalá de Henares fueron los dos principales focos hacia los que me encaminaron, con 25 denuncias formuladas en cada uno de ellos. En total cincuenta, que se dice pronto… En la primera todos estaban muy localizados en el polígono Prado Overa (donde mi experiencia fue de película…); en la segunda lo estaban algo menos, pero no fue muy complicado tampoco encontrar un buen número de ilegales por las calles que me señalaron: fundamentalmente en el Camino de las Callejuelas, el Camino Esgaravita, el Camino de los Santos y calle Noruega.

Impunidad vergonzosa

En Prado Overa, en Leganés, era difícil caminar por una calle del polígono sin encontrar algún taller clandestino.

Cogí mi coche y conduje hasta Leganés. Tenía ganas de ver in situ cómo está la situación. Francamente nunca lo había hecho y era algo que me apetecía mucho. Tenía curiosidad, ¿sería como me imaginaba? No, fue todavía peor.

Estaban por todas partes. No había que rebuscar en absoluto para toparse con ellos, lo cual me resultó alucinante. El caso es que a grandes rasgos uno se podía encontrar con tres tipos de ilegales: unos que no tenían letreros ni nada parecido pero que trabajaban a puerta abierta y con un descaro que daba cierta rabia observar; otros que contaban con una pancarta portátil en la entrada, lo cual les facilitaba su huida a otro lugar si fuera ese el caso (práctica muy común, por cierto); y otros que parecían talleres legales, perfectamente identificados en la fachada, pero que al entrar no contaban con requisitos mínimos como el horario o el precio de su mano de obra, por ejemplo; y de las hojas de reclamaciones ni hablamos, claro.

Dejo mi coche aparcado y ando cien metros hasta el primer taller. Un cartel con su número de teléfono y hasta una página web preside la nave. En el letrero, bien grande, podía leerse: ‘Trabajamos con todas las compañías’. Antes de ver la nave la cosa podía llevarte a engaño, ahora bien, cuando uno llega a la puerta y se asoma no le caben dudas. Decenas de piezas amontonadas por todas partes, cajas de recambios sin abrir en mitad del taller. El suelo más negro que el sobaco de un grillo, las paredes llenas de manchas y al fondo a la derecha una escalera que llevaba vete a saber tú dónde. Más que un taller aquello era un garaje.

Un taxi arrancado en la puerta con el capó abierto daba a entender que allí había alguien. Cinco minutos estuve esperando, pero no apareció ninguna persona a la que preguntarle. De todos modos ya había visto suficiente.

“No sé nada, no sé nada…”
El siguiente taller que visito es de esos que no tienen ni cartel ni nada, pa’ qué. Ahora entenderán que tampoco era su objetivo que la gente fuera por allí a las buenas de Dios. Entro por la puerta y un operario con actitud temerosa se queda al final de la nave. Me mira, pero no se acerca. Más bien esperaba que me fuera. Me acerco y le pregunto precio para hacer un mantenimiento y antes de que le pudiera decir el modelo de coche negó con la cabeza. Le pregunto e insisto: ‘No, es que vengo a pedir pre…’. “Yo no sé nada, no sé nada…”, me interrupe con acento de Europa del este. Le digo que no entiendo qué no sabe acerca de qué, que yo solo había ido a preguntar por el precio para un mantenimiento. Se encoje de hombros y me dice que eso tengo que hablarlo con el dueño del taller: un tal Juan, del cual me apunta su teléfono en un trozo de cartón que arranca de una caja de un filtro que tenía allí cerca.

Su actitud era de lo más sospechosa. Su manera de reaccionar había delatado lo evidente.

¡Soy mineeerooo!
La situación que me encuentro en el siguiente clandestino que visito es digna de ‘scketch’ de Cruz y Raya. Entro y veo sólo a un operario. Me dirijo a él y le pregunto por el precio de un mantenimiento. Este me señala algo debajo del coche. No entiendo y trato de buscar con la mirada qué es lo que ese señor me quiere decir. De los bajos de un coche sale una voz con acento sudamericano: “¿Qué quería?”. Se lo cuento. Lo grito al aire más bien, porque no sabía exactamente dónde estaba.

El otro señor me dice que me acerque y al hacerlo veo a un segundo tipo tirado en el suelo, con una linterna en la cabeza (¡soy minerooo!). Sin levantarse, sin salir de su posición original, mantiene conmigo una conversación de apenas dos minutos. Para hacer un mantenimiento, sin preguntarme nada más, me dice que tiene que cambiarme el filtro de gasolina, de aceite, de aire y el de habitáculo. Muy listo. Sin ordenador ni nada, debe ser un superdotado. La mano de obra me dice que en total serían cincuenta euros. Me da una tarjeta con la dirección tachada (no era donde se encontraban actualmente, por lo que quizá se debía a una de estas mudanzas forzosas que los ilegales llevan a cabo para repetir actividad ilegal en una nueva ubicación) y me dice que me pase con el coche. Seguro que lo haría. Segurísimo que sí.

Estaban por todas partes. No había que rebuscar en absoluto para toparse con ellos, lo cual me resultó alucinante.

¿Talleres ilegales o chabolas?

Al fondo se puede observar la grúa rotulada con la imagen corporativa de una conocida aseguradora con una furgoneta ‘en lo alto’.

Una grúa rotulada con los colores de una conocida aseguradora (y su logo) me ‘regala’ una imagen de lo más inquietante.

El polígono Prado Overa lo cruza una carretera que al terminar la zona de las naves sigue hacia un camino de tierra. Varios trabajadores de talleres legales con los que hablé durante mi visita a Leganés me habían invitado a caminar por allí. “Allí vas a alucinar”, me dijo uno. Lamentablemente no se equivocaron. Según me iba adentrando por la zona más me costaba asimilar lo que estaba viendo. A la derecha todo campo, a la izquierda lo más parecido a un poblado chabolista que por cierto, revisando hemeroteca, salió ardiendo en el año 2014 sin que afortunadamente hubiera personas heridas. Ocho dotaciones de bomberos acudieron…

El caso es que apenas tuve que adentrarme 200 metros para encontrar tres talleres ilegales muy a la vista de cualquiera. Según pasaba además me miraban con cara de poquitos amigos. Muchos coches fuera desguazados por completo o a medias, con capós abiertos, neumáticos por doquier… ¿De verdad que es tan difícil identificarlos? Yo estuve caminando entre ellos fácilmente. Y dudas no había ninguna de que lo que allí había eran talleres ilegales. Mientras transitaba además se me venía a la cabeza una duda de forma recurrente: ¿Quién en su sano juicio traería su coche a reparar a uno de estos pseudotalleres? Me resulta alucinante.

Llegando casi al final de aquel ‘poblado’ me encuentro con una imagen que me obliga a detenerme. A las puertas de uno de estos ilegales una grúa rotulada con los colores corporativos y el logo de una muy conocida aseguradora ‘portando’ una furgoneta blanca. Estaba aparcada allí (ver foto), qué inoportuna coincidencia… Justo cuando yo pasaba por allí, la primera y única vez en mi vida que lo hacía, y allí estaba plantada la grúa con la furgoneta encima. Y ojo, que no digo que la compañía llevara allí aquel vehículo, tampoco que sea una práctica se pueda hacer con normalidad (aunque así lo denunció una de las patronales de talleres hace unos años en un comunicado que generó bastante revuelo)… Sólo digo que la grúa allí estaba y que la imagen me resultó cuando menos inquietante. Es normal, ¿no?

Estaban por todas partes. No había que rebuscar en absoluto para toparse con ellos, lo cual me resultó alucinante.

Con todas las precauciones

En los carteles del polígono Jumapi de Alcalá de Henares, los letreros de empresas no están todo lo repletos que en realidad sí están las naves… ¿Pillan la indirecta?

En Alcalá de Henares los ilegales por lo general se ‘guardan’ bastante la espalda…

Y de Leganés marché a Alcalá de Henares, donde Conepa me había informado de la existencia de varios importantes focos. Primero voy al Polígono de la Esgaravita, donde pregunto a los gerentes de varios negocios de la zona. Me dan referencia de dónde se ubicaban estos clandestinos, pero todos ellos lo hacían a puerta cerrada. Era misión imposible entrar en ninguno de ellos. Y es que aunque me parase en la puerta durante unos minutos, nadie salía a recibirme. Y sabían que estaba allí. Se asomaban, pero no querían saber nada.

De ese modo me fui hasta el también alcalaíno polígono Jumapi. Aparqué el coche entre dos calles y me dispuse a caminar en busca de clandestinos a los que visitar. Se trata de una situación muy curiosa la que pude apreciar en este polígono. Y es que son más los ilegales que hay operativos, que los legalmente establecidos.

Aquí sin embargo me encontré con un contexto bien diferente a la de Leganés. En este caso son más precavidos, trabajan a puerta cerrada, o con las vallas a medio abrir. Si tratas de entrar salen a decirte que no puedes hacerlo (como me pasó en dos ocasiones) y en caso de verte esperando en la puerta se hacen los ‘longuis’ a las mil maravillas. La situación en cualquier caso es escandalosa, ya que a través de las vallas o de los cristales de las puertas se les ve trabajar a pleno rendimiento. Todos tienen un porrón de coches esperando para ser reparados. Dentro (aquellos en los que pude echar el ojo) y fuera.

Distintivo de Asetra…
Del polígono Jumapi recorro apenas un kilómetro y me vuelvo a encontrar con otro foco importante. Se trata del polígono Camarmilla, también en Alcalá de Henares. Me sorprende un taller ilegal sin placa de industria en su fachada (como es lógico) pero sí con la de Asetra, la patronal de talleres madrileña. Identificativo de lo más conocido en la región. La patronal de talleres ya denunció en su día la existencia de clandestinos que exhibían su placa, lo cual aportaba a estos pseudotalleres un falso reconocimiento como negocios legalmente establecidos. El caso es que Asetra lo informó del problema y lo persiguió. Solían darse dos casos: en algunos esas placas habían sido robadas; en otros habían aprovechado que el anterior propietario del local había pertenecido a la patronal (siendo un taller legal, evidentemente) y en lugar de descolgar el cartel lo habían utilizado como distintivo que acreditara su fiabilidad. El caso es que allí había uno de ellos. Y con muy mala pinta por cierto.